Las habilidades psicológicas en el deporte

Las habilidades Psicológicas en el Deporte

Cuando a los deportistas jóvenes se les plantea la pregunta sobre la importancia que creen que tiene la psicología para conseguir el máximo rendimiento en el deporte, nos encontramos con que la gran mayoría piensan que el aspecto psicológico es el más relevante, atribuyéndole un elevado porcentaje, muy por encima de los aspectos técnicos, tácticos y la condición física. En cambio, al preguntarles por el trabajo en horas a la semana que le dedican a trabajar aspectos técnicos, tácticos, físicos y psicológicos, observamos que la mayoría coincide en poner en el último lugar de la lista el trabajo psicológico.

Llegados a este punto, nos sentimos obligados a preguntarnos qué es lo que entienden los entrenadores y jugadores por trabajo o entrenamiento psicológico, y de qué manera y cuándo lo incluyen o integran en los entrenamientos y en competición. Qué variables psicológicas son aquellas que influyen sobre el rendimiento del entrenador y del deportista, y de qué modo puede el entrenador influir en ellas para la mejora del rendimiento del deportista.

Los deportistas en general y sobretodo los más jóvenes, suelen sorprenderse ante este planteamiento, y acaban por darse cuenta de que cuando hablamos de los aspectos psicológicos que influyen en su propio rendimiento, por lo general, no saben muy bien ni cuales son ni de que manera les está afectando, y mucho menos si los está entrenando y cómo los está entrenando. Esto les convierte en muchos casos, en deportistas dependientes de su propio talento y de circunstancias sobre las que no tienen ningún tipo de control.

Cuando nos olvidamos de las habilidades psicológicas

Parece evidente, que en el deporte hay variables psicológicas que influyen en el rendimiento no sólo de los deportistas, sino también de los entrenadores.

El entrenador, puede ejercer gran influencia sobre el deportista y el equipo a través de su actitud, su comportamiento, y el tipo de mensajes que transmite ya sea verbalmente como a través del lenguaje corporal. Esta influencia puede ser positiva, es decir, que favorezca el rendimiento del deportista, o negativa, haciendo que el deportista rinda muy por debajo de su nivel real.

Cuantas veces hemos visto en competiciones de niños o jóvenes deportistas, a entrenadores gritándole al jugador por haber cometido algún error. En este comportamiento, si le preguntáramos al entrenador, seguramente nos diría que lo que pretende es que mejore el rendimiento de dicho deportista o incluso del equipo en sí, pero lo que consigue y de lo que no es capaz de darse cuenta, es de que lo que está generando es el efecto contrario, es decir, lo que hace, es tensionar al deportista en exceso de modo que este acaba por desajustarse aumentando su nivel de ansiedad competitiva y como consecuencia de ello, disminuye su rendimiento.

Ante este tipo de situaciones, lo que suele sucederle al deportista es que le aparecen pensamientos que coartan su confianza, y que se relacionan con el error y el no volver a cometerlo, es decir, juega bajo la amenaza o el peligro de sentir que no debe volver a “FALLAR”, anticipando cualquier situación de juego que se le pueda parecer.

Centra la atención en el “no puedo volver a cometer más ese error”, en lugar de “qué haré la próxima vez para resolver esta situación”. Este tipo de situaciones provoca que la musculatura del deportista se tensione más de lo necesario, con lo que para ejecutar una determinada acción técnica, se puede producir un mayor número de imprecisiones en acciones que el jugador habitualmente suele dominar, sobretodo en entrenamientos en los que no hay tanta presión. Frente a este exceso de tensión muscular, puede que al deportista le empiecen a aparecer algunas rampas o, dé muestras de mayor cansancio físico o fatiga. Además, como decíamos, el foco atencional se va estrechando debido al exceso de activación, y aquellos estímulos importantes de la situación de juego en la que el deportista participa directa o indirectamente, se pierden momentáneamente de vista y por tanto aparecen las malas tomas de decisión, lo que hace incrementar el enfado del entrenador en forma de gritos o castigos, haciendo que el deportista entre en un bucle del que le resulta muy difícil salir.

En este ejemplo anterior, hemos observado como la reacción de un entrenador a un determinado jugador ha ejercido una influencia, en este caso negativa, sobre el rendimiento de su deportista, cuando lo que con total seguridad pretendía era mejorar su rendimiento para que no se volvieran a repetir ese tipo de errores. En este caso, el entrenador también ha cometido un error en su propio rendimiento, como técnico no ha identificado lo que favorece o perjudica el rendimiento de su deportista. Llevado por las emociones del momento, ha perdido el control de estas, y ha reaccionado frente a una situación de juego de manera impulsiva, haciendo que su equipo disputara la competición con “un jugador menos” durante gran parte de esta. Además de esta circunstancia, debemos pensar también lo que una situación de este tipo puede afectar e influir sobre el rendimiento global del equipo y lo que puede generar a nivel de clima dentro del grupo.

¿Quiere esto decir que generar estrés en el jugador o en el equipo es malo? La respuesta es NO.

La diferencia radica en conocer aquello que el deportista o el equipo puede necesitar en cada momento para que pueda ofrecer el mejor rendimiento posible dentro de sus propias posibilidades. Es por ello fundamental conocer bien al deportista o al grupo de deportistas que se está dirigiendo y saber bajo que situaciones o circunstancias ofrecen un rendimiento óptimo o por el contrario un rendimiento muy por debajo de sus posibilidades, no sólo en situación de competición, esto es bajo presión, sino también en los entrenamientos o situaciones de no presión.

Variables psicológicas que influyen en el rendimiento

En el ejemplo anterior hemos hecho un breve repaso y visto algunas de las variables psicológicas que influyen sobre el rendimiento de un entrenador y un deportista, haciéndolo mejor o peor según el dominio y habilidad que tenga sobre su función psicológica.

En el caso expuesto anteriormente, la autoconfianza aumentará cuanto más sienta el deportista que tiene mayor control sobre su propio rendimiento, es decir, cuando el deportista toma las decisiones adecuadas y las ejecuta correctamente, es decir, cuando sabe lo que tiene qué hacer, cuándo, dónde, y cómo debe hacerlo, y es capaz de asociar la consecuencia de su conducta a los resultados que obtiene, haciendo que se sienta más competente y mejore así su autoconcepto y autoestima, no sólo como deportista, sino también como persona.

Otra habilidad que nos muestra el ejemplo anterior, tiene que ver con regular el nivel de activación fisiológica y cognitiva, de modo que afrontemos la competición lo más ajustados posible y en la mejor disposición muscular, mental y emocional para obtener un rendimiento óptimo. Hemos visto de que modo un exceso de activación puede afectar sobre la capacidad atencional del jugador, de modo que no tenga en cuenta determinados estímulos, y como consecuencia de ello, realice una mala toma de decisiones. Por el contrario, un mal ajuste por exceso de relajación, abre el foco atencional del deportista de modo que tampoco atiende a los estímulos pertinentes, pudiendo llevar también a la mala toma de decisiones. En definitiva, una mala regulación de los niveles de activación en el deportista es lo que en muchos casos, el entrenador suele identificar como falta de concentración.

Gestionar las situaciones que consideremos potencialmente estresantes, ofreciendo una respuesta adaptativa adecuada, es otra habilidad psicológica que deberíamos entrenar para poder manejarnos ante los diferentes agentes estresores que puedan surgir a lo largo de la competición, y que impiden que obtengamos nuestro mejor rendimiento. En este apartado, debemos destacar también, la importancia del control emocional que tiene que ver con el manejo de las emociones, de modo que podamos ofrecer la respuesta emocional adecuada, en el momento justo, en el lugar exacto y con la intensidad necesaria. En el ejemplo anterior, hemos observado como el entrenador ha reaccionado de manera impulsiva ante un estímulo, (el error del jugador), perdiendo el control sobre sus emociones y perjudicando el rendimiento de su deportista.

Finalmente, ser capaces como entrenadores, de generar un ambiente de trabajo en el que el deportista o los deportistas puedan ofrecer la mejor versión de ellos mismos, es una habilidad que el entrenador deberá cultivar y entrenar si quiere un grupo cohesionado en el que todos remen en la misma dirección.

Conclusión

La dimensión psicológica debe incluirse en la temporalización y planificación de la temporada, del mismo modo que se incluyen aquellos contenidos técnicos, tácticos y condicionales, y debe integrarse en la globalidad del entrenamiento como un aspecto más a entrenar y a desarrollar. El entrenamiento de las diferentes habilidades psicológicas va a proporcionarle al deportista y al entrenador el poder manejarse en situaciones de presión competitiva, sin olvidarnos que la presión existe en todas y cada una de las diferentes etapas formativas.

 

Equipo de Redacción IESPORT

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